LA VENDIMIA

Rondando las Fiestas de la Santa, mediado octubre, llegado el otoño y sus frutos, Vendimia Marciano Jiménezen nuestra tierra cada año, la cosecha de las uvas esperaba las navajas de los vendimiadores, para recoger los racimos que ofrecían las parras.

Antaño con cuévanos y cestos de mimbre, con carros de mulas y carretas de bueyes, entre alegres cantares las cuadrillas de hombres, mujeres y niños llegaban al majuelo para vendimiar. Hoy son cajas de madera o plástico, las que recogen los racimos para no ser aplastados al cargar en los remolques, mientras se escucha el ronco rugir del motor del tractor.

Formadas por parejas, la cuadrilla de vendimiadores acometen cada parra de la viña, confundidas con el verde de las hojas que comienzan a enrojecer en los sarmientos. Buscan con el filo del cuchillo el rabo del racimo que uno a uno, llenan los cubos de plástico o los reutilizados bidones de pintura de hojalata que, en la actualidad sustituyen a aquellos cuévanos de mimbre aún con olor a rivera de río. Mientras, no muy lejos, los estorninos y gorriones ven y lamentan cómo los hombres se llevan el dulce manjar, pues si hubieran quedado algunos días más en la parra, los racimos habrían sido su dieta preferida.

Se llenan los recipientes y son transportados a los lagares donde, -eso no cambia con el paso del tiempo- de aquella uva se hace el vino.

Era también antiguamente labor de la mujer, ir con el burro cargado con los serones llenos de racimos escogidos, de las uvas más sueltas y gordas, con la más temprana maduración, y caminar a pueblos o lugares vecinos, carentes de este cultivo, a vender para degustar en la mesa el exquisito postre de las uvas.

Y en las casas, colgadas con un hilo del rabo de los racimos, o extendidas en los sobrados, se conservaba este postre afrutado para alimentar a toda la familia, que debía durar, hasta cumplir con la costumbre cercana de tomar doce uvas en la última noche del año, con las campanadas retransmitidas desde Madrid, por una radio amueblada en madera y colocada en la pared de la cocina, mientras al amor de la lumbre, se contaban historias de antaño.

En el lagar, unas albarcas de antiguo protegían los pies para la primera pisa, que arranca el buen mosto, antes de entrar en la prensa donde los racimos eran estrujados y forzados a soltar la última gota del preciado licor. Esas botas altas de goma que se calzan hoy, desdibujan aquellas leyendas que nos contaron que algún paisano pisaba las uvas con los pies descalzos para ofrecer aroma y sabor más natural al futuro caldo.

Otra leyenda nos cuenta, que al mosto había que bautizarlo, con cubos de agua de la fuente, para que no dañara los estómagos de los trabajadores cuando el calor más aprieta, en las tareas de la recogida del cereal, o las labores de la era en verano.

Ver correr el mosto saliendo de la prensa para colarse en las entrañas del suelo de la casa era motivo de alegría, pues no caminaba el líquido al infierno sino a la bodega subterránea, donde se recogía en las grandes tinajas que iban a ser su lugar de fermentación. pisa tradicional con botas de agua

Y pisando y pisando, entraban las ganas de orinar a los actuantes y otra leyenda dice que lo que no mata engorda, y que había que meter un gato muerto en el mosto para que junto todo cociera, o un hueso de jamón, que eso parece más razonable y que ofrecía sabor añejo...

¡Ay aquellas presas manuales!, o aquella viga pesada que un torno hacía subir o bajar para darle peso al pie de uva. Hoy son las máquinas trituradoras las que deshollejan los racimos y bombean el líquido a las cubas de acero inoxidable, donde se regula la temperatura por medios electrónicos, y el color, el aroma y el sabor por medios químicos. El vino de hoy sabe a poco vino, sabe a tetra brik, a elaboración corriendo y deprisa. El de antaño era paciencia, reposo, historias, anécdotas y sabor a natural, a viejo, que daba la vida, la fuerza, la felicidad... y no dañaba sino había excesos.

Vendimia MarcianoNo había casa que se preciara, en el medio rural donde se cultivaba el viñedo, que no contara con esa habitación en el subsuelo, fresca en verano, caliente en invierno, con escasa ventilación, temperatura constante y poca luminosidad, para favorecer la elaboración del buen vino.

Y aquel mosto llenaba aquellas enormes tinajas de barro, de 16 cántaras de capacidad, más o menos 250 litros de futuro vino al que había que añadirle la “madre”; es decir, los hollejos separados del rampojo o racimo sin uvas, pisados una vez y no prensados.

Sólo así se conseguía que el mosto comenzara a “cocer” pasados unos días, más o menos ocho. Era la fermentación: una reacción química que el hombre del campo no entendía, pues no sabe de monóxido de carbono, pero conocía porque es sabio, que con ella comenzaba el peligro; y que no puede bajar a la bodega sin la vela delante, ¡atento a la llama!, que si empieza a languidecer, hay que correr para arriba a buscar el oxigeno, que abajo se lo ha bebido el vino, y dice que hay tufo, pues muchos antes quedaron sin sentido y los tuvieron que sacar a la calle con poca vida. Alto riesgo para dar gusto al paladar durante todo el año, fuerza al cuerpo en el trabajo y para servir de sangre, tras la Consagración, al Hijo de Dios que dio la vida por los hombres.

“Cuece” el vino, llegan los primeros hielos del invierno, y con la diferente densidad del ambiente, cae la “madre”: bajan al fondo de la tinaja los hollejos arrastrando posos y partículas, dejando el caldo claro y listo para la fecha de poner la espita y comenzar el trasiego a las garrafas de cristal. ¡Qué fuera un día claro!, sin lluvia para que no se revuelva en febrero; y acercandose al 30 de noviembre, hacer caso al refrán: “Por San Andrés, en vino nuevo, añejo es”.

“La vendimia”, 1998, óleo sobre lienzo,50x70 cm, de Pedro Jiménez

 

 

 

 

 

 
“El vendedor de uvas”, 2002, óleo sobre lienzo, 40x50 cm, de Pedro Jiménez.

“La vendimia”, 1998, óleo sobre lienzo,50x70 cm, de Pedro Jiménez